Frente al río, en Santa Elena, un patio de comidas nacido del trabajo artesanal y el arraigo se consolidó como punto de encuentro. Hoy enfrenta dificultades que ponen en riesgo su continuidad
Por Vicente Suárez Wollert
Quienes visitan Santa Elena, al norte de Entre Ríos, descubren que la ciudad no se recorre solo a través de sus paisajes ribereños, sino también mediante espacios donde la vida cotidiana, la gastronomía y la identidad local se entrelazan. Uno de ellos es Las Cañitas, un patio de comidas emplazado en la costanera que, con el paso del tiempo, se transformó en mucho más que un emprendimiento gastronómico: es un lugar de encuentro construido desde la sencillez, el trabajo constante y el arraigo.
El proyecto tiene detrás la historia de Sergio Gómez, nacido y criado en la comunidad, cuya vida estuvo marcada por el movimiento y la búsqueda. Hace casi cuarenta años, cuando la histórica fábrica de Santa Elena aún formaba parte del pulso cotidiano de la ciudad, decidió salir a recorrer distintos países de Latinoamérica. Ese viaje, atravesado por aprendizajes culturales y experiencias diversas, moldeó una mirada que más tarde encontraría en la gastronomía una forma de expresión y sustento.
Durante varios años se radicó en San Bernardo, en la Costa Atlántica, donde nacieron sus hijos, Felipe y Antonia. Allí comenzó a trabajar en espacios vinculados a la cocina y la atención al público, una tarea que se volvió central cuando le tocó asumir la crianza como padre soltero. Con el tiempo, ese recorrido desembocó nuevamente en Santa Elena, primero con el parador Dublín y luego con Las Cañitas, un espacio que consolidó una propuesta basada en productos locales, especialmente el pescado de río, y en una experiencia cercana y auténtica.

Las Cañitas se fue construyendo de manera artesanal, respetando una estética rústica ligada al paisaje litoraleño. Mesas simples, una parrilla siempre encendida, una barra de tragos y un pequeño espacio donde la música aparece de forma espontánea conforman un ambiente que invita a quedarse. No hay pretensiones ajenas al lugar: hay hospitalidad, sabores conocidos y una forma de habitar la costanera que dialoga con la identidad de Santa Elena.
En los últimos años, sin embargo, el emprendimiento atravesó dificultades que pusieron en tensión su continuidad. Tal como fue informado oportunamente por El Telégrafo de Entre Ríos, el local se vio afectado por denuncias vecinales y una serie de exigencias administrativas que, según su responsable, avanzaron con particular rigor. Las observaciones apuntaron principalmente a supuestos ruidos molestos vinculados a actividades recreativas y musicales, lo que derivó en inspecciones y sanciones que generaron preocupación.
La situación resulta especialmente sensible si se considera el contexto del entorno costero, caracterizado por una dinámica recreativa intensa, con campings, parrillas, comercios gastronómicos y encuentros sociales que forman parte de la vida estival. En ese marco, Sergio Gómez expresó en reiteradas oportunidades la dificultad de sostener el proyecto frente a multas y exigencias que impactan de manera directa en la economía familiar.
En el centro de esa realidad está Antonia, su hija menor, quien convive con el síndrome de Noonan, una enfermedad genética poco frecuente que requiere controles médicos permanentes y tratamientos costosos. Las Cañitas no es solo una fuente de ingresos, sino también el sostén que permite afrontar cuidados, estudios y una vida cotidiana atravesada por la dedicación y el esfuerzo.

Pese a las dificultades, Las Cañitas continúa abierto y funcionando con normalidad. El espacio sigue recibiendo a vecinos y turistas todos los días de la semana, manteniendo viva una propuesta que forma parte del paisaje cultural de la ciudad. Desde el entorno del emprendimiento se invita a la comunidad y a quienes visitan Santa Elena a acercarse, conocer el lugar y acompañar a un proyecto que apuesta al trabajo local y al encuentro.
Lugares como Las Cañitas no se explican solo desde lo comercial. Son parte de una trama social que sostiene la identidad de Santa Elena, donde la comida, la música y el río se convierten en lenguaje compartido. En tiempos complejos, seguir apostando a estos espacios es también una forma de defender la vida comunitaria y el derecho a construir futuro desde el arraigo.
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